Alquiler de Coches en Ibiza
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Ibiza
Un recorrido para los que prefieren disfrutar, durante
el día, del mar calmo y transparente.
Ibiza – Una maravillosa y gran isla “al sol
del mediterráneo”, donde supo cantar el “Nano”,
Joan Manuel Serrat, la interminable noche de bailes que supieron ganarse
la canción de Pink Floyd, en aquella polémica película
francesa en años que fueron menos permisivos. su historia se remonta
a dos mil años anteriores a Cristo, pasaron primero los fenicios,
los siguieron los griegos, que la llamaron Pitiusas, por estar cubiertas
de pinos. Siguieron los romanos, que se vieron atraídos por la
sal y el vino, al igual que los bizantinos, visigodos y musulmanes, hasta
que desembarcaron los catalanes en 1235 y decidieron establecerse y dejarle
su idioma.
Todas sus calles tienen el nombre en catalán,
los carteles indicadores del tránsito, también. Al igual
que en todas las épocas, es un cruce de idiomas muy diferentes.
Los mas escuchados en sus 572 kms cuadrados son: el inglés, alemán,
italiano, francés y por supuesto el castellano, no es bien visto
decir español, en las regiones autonómicas se hablan lenguas
regionales como: valenciano, vasco, gallego, sin olvidar el catalán,
que es el idioma oficial de la Comunidad de las Baleares.
Este lugar maravilloso solo esta a dos o tres horas de
vuelo desde las principales ciudades europeas, a solo media hora de España
o a cuatro con un veloz ferry desde Barcelona. Desde Valencia o la isla
de Mallorca, mucho menor. Su aeropuerto, en el verano es uno de los más
congestionados de Europa, preferido por las compañías de
chárter y low cost. Sus discotecas gozan de una fama reconocida
mundialmente, incluyendo a Buenos Aires, que cuenta con su propio Pachá.
Empinada y con acantilados, la isla no tiene playas grandes.
En su mayoría son pequeños huecos, calas, donde se ubican
unas pocas reposeras alrededor de un quincho donde se puede tomar algo,
y muchos, muchísimos yates. En cada vidriera están pegados
los avisos de la noche de Ibiza, con sus celebres Disc-jockeys, o lugares
temáticos donde tienen lugar citas en varias pistas y clasificaciones
VIP.
¿Pero que es lo que la hace tan distinta?, sin
ninguna duda, el mar que la rodea, de aguas transparentes y por lo general
tranquilas. Intentar conseguir amarra es una misión casi imposible
y no hace falta aclararlo, demasiado cara. “Lo que vale y no abunda,
cuesta”. Sus principales puertos son un espectáculo continuado
de modelos, banderas y tamaños. Los hay tan grandes que algunos
hasta tienen helicópteros combinando con su entorno. Poseer un
yate de vela o motor es la concreción de un sueño que, se
vuelve más accesible para aquellos que quieran salirse de su rutina
y decidan alquilar uno con tripulación incluida o de preferirlo
sin ella, por dias o semanas.
Nuestra primera salida puede ser hasta Formentera, a
un par de horas. Allí escucharemos hablar en italiano más
que en Roma. Esta es otra característica de Ibiza: cada grupo nacional
tiene sus preferencias para alojarse. Los ingleses por Sant Antoni y los
alemanes por Santa Eulalia. Y no salen de allí salvo para ir a
bailar, lo que no es una actividad dominante para la mayoría de
los navegantes, que prefiere dormir de noche y disfrutar del día,
a pleno sol.
Formentera, pegada a Ibiza, es una playa angosta con
dos tipos de mar. De un lado, cerca de donde se amarra, se puede hacer
pie muchos metros porque el agua baja lentamente. Parece una piscina para
darse un baño de asiento y chapotear para el nene que llevamos
dentro. Del otro lado del pequeño istmo, las olas dependen de los
caprichos del viento y hay que tener cuidado porque con el mar abierto
no se juega a los patitos.
Y sin pensarlo nos encontraremos convertidos en un grumete
de barba blanca que debutaba nada menos que en el Mediterráneo.
A bordo, las rutinas son diferentes. Por empezar, en
el cuidado del propio camarote, que está a nuestro cargo, aunque
haya dos marineros. Y principalmente a desplazarse por la embarcación
sin crear problemas ni haciendo preocupar a nadie.
Salimos antes del amanecer, a las cuatro de la madrugada.
Los preparativos fueron tan apasionantes como la comida de despedida,
en una parrillada de mariscos en Santa Eulalia rematada con un helado
italiano.
A bordo teníamos el detalle completo del pronóstico,
en la computadora, y sobre las características del mar que nos
íbamos a encontrar y por supuesto el GPS de la posición
satelital.
Todo pintaba tan bien que al dejar atrás las luces
del puerto me fui a dormir a pata suelta despertándome a media
mañana, justo con hambre. Era un día de novela con la única
protección necesaria de un buen filtro para los rayos ultravioletas.
Todo era tan lindo y perfecto que pasamos casi doce horas
de viaje sin que se me ocurriera preguntar a qué hora llegaríamos
a Barcelona, aunque al llegar el atardecer ya fuera posible percibir que
se iba agigantando su imagen.
Al escribir me pasa algo muy parecido a lo que sentía
en aquel momento: me inunda el placer silencioso de los hechos mínimos,
ver saltar un pez a estribor, el brillo que adquiere el agua cuando parece
reverberar bajo un límpido cielo azul sin una sola nube, las cambiantes
caricias del viento, el olor fresco al mar, el vivo y feliz.
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